viernes, 26 de mayo de 2017

7, abril, 2017

Las alturas de los techos: esa gran liberación si es que llegan las tensiones claustrofóbicas de los interiores y, entonces, en esas alturas inciertas y “desconocidas”, vemos objetos extraños que, deseamos ver como tales: garrafas, fluorescentes, ventiladores, antiguas instalaciones de cableados de luz, capiteles de columnas de hierro, toneles vacíos que sólo contienen aire, viento en perpetua quietud: gran contradicción, sí, pero todo espacio vacío, con su aire viciado de soledad, un inesperado día puede transformarse en un viento imprevisible, sin dirección y muy difícil de detener.

El cielo, a veces, es un techo cualquiera de este mundo limitado y vulgar. 

Muy vulgar.


Obscenamente vulgar.

jueves, 25 de mayo de 2017

26, mayo, 2017

Volver al latido. Sentir los latidos del instinto. Volver a pensar que hay algo extraño, lejano, próximo, en el alba, el los miles de crepúsculos perdidos…  Ay, ¿he reencontrado alguno de aquellos crepúsculos, allí en el extremo del mundo, en el vértice incomprensible de la existencia?

Volver, regresar al latido, íntimo, secreto, terminal, fundacional…  Volver a la vida por senderos periféricos del mundo y sus confines.

Cántame una canción a media noche, tú, tú, tú, que no eres nadie; tu, en esta soledad que presagia el verano, un verano si luz, glaciar.

Llévame hoy hacia los vientos por las periferias más apartadas donde la noche se enciende; donde tú, tránsfuga esencia de las noches sin nombre, reapareces, casualmente, sobre el penúltimo escalón que conduce a las sombras.

Tú, que no eres nadie, guárdame un espacio en esa penúltima escalera y dime, si quieres, que la noche cerrada no existe, que yo siempre estuve en otro mundo (confírmamelo por favor…)  y háblame, tú, sí, de ese otro mundo, ahora que no conozco ningún mundo ni distingo los colores ni el sentido del viento… 

sábado, 20 de mayo de 2017

7, abril, 2017

Venía pensando en el aire. El aire.  O la presión del aire. Sólo el aire, cosa externa…  Aunque tampoco lo sé.

Viento de las tardes, exterioridades infinitas sin solución de intimidad.  Percepción de los vientos extensos sobre el pecho.
Nada existe.  Solo nosotros vamos sobre el surco débil del mundo, a la deriva de los días y lustros y, unas pocas décadas más; total: nada. 

Nada existe si no es por nuestra percepción, asimilación del cerebro.  Nosotros “descubrimos” el mundo y sus luces, colores y crepúsculos, les ponemos nombre y, con un simple millón o dos de años de evolución (o algo así…) “inventamos” la lírica, filosofía, matemáticas el romanticismo, neorromanticismo, internet y, un largo/larguísimo y agotador etcétera.


Salir o entrar, entrar o salir; viento o quietud, auténtico o prosaico, comprensión o incomprensión, ver o no ver, existir o no existir y, un largo y extenuante etcétera hasta el más vertiginoso abismo del universo… si es que se pudiera tener una ínfima noción, siquiera primaria, del concepto básico de “universo”. 

sábado, 13 de mayo de 2017

4, mayo, 2017

El miedo, asciende (o desciende, según) por alguna de las calles que van hacia el gran río o regresan de él.

El miedo, corriente imperceptible que te coge de pronto en la esquina de una avenida.  Él, el miedo, viento leve escogiendo el recorrido por calles y plazas, al azar; aciago verso suelto o prosa desgarrada que diversifica y multiplica su corporeidad invisible, sí, porque tiene cuerpo (y quisiéramos que no tuviese cuerpo porque nos llena el estomago de aire que nos impide respirar).

El miedo; miedo y frío, frío y miedo, los dos juntos en un azaroso vuelo a ras de calle, a ras de pecho, del estomago, los pies….  Frío inverso ya a inicios de mayo, cuando el teórico –y metereológico- calor llega a las ciudades… -ay-  pero no a las almas, almas laicas que sólo desean ver la luz: la que sea y de donde venga, luz de la vida que, a veces, demasiadas, sólo vemos en declive.  Y, el declive, ¿qué es?  El declive es una abstracción que normalmente sólo habita en nuestro pensamiento y nos puede arrastrar a “la muerte en vida” muy anticipadamente, con urgencia y a destiempo.


Pero tú, tú, ya sin preámbulos… ¿tú me amas?  Y si me amas,  ¿quién eres tú? 

viernes, 12 de mayo de 2017

11, mayo, 2017

La ciudad es un llanto de lluvia fina, pura y plateada, una penumbra insípida que por momentos, apenas deja ver sus calles.  La percepción de la luz  es –a veces- la más confusa de las abstracciones.

Hoy, la luz, marcha debilitada por los senderos inversos de las calles del cielo, de los salones del mar, de las autopistas sin memoria.


La luz, mi luz, es un incómodo y pequeño paquete, denso, muy denso de textos y prosas cansadas que no sé dónde dejar, dónde abandonarlas, sí, porque necesito ir ligero, muy ligero mentalmente.  Y casi todo me sobra, aunque no exactamente:  Casi todo menos tu mirada; casi todo menos las miradas, miradas selectivas, femeninas, que siguen siendo, o casi, el único centro de mi universo, el único motivo de mi existencia.

martes, 2 de mayo de 2017

3, mayo, 2017

Compiègne, esa villa imperial napoleónica que yo no conocía.

Regresábamos esta mañana de la pequeña ciudad de 45.OOO habitantes, viendo un mar de nubes y campos lejanos en el vuelo de París  a nuestra ciudad.  Hace tiempo que deseaba conocer Compiègne, tan ligada al gran (y presente)    amor de incipiente madurez, segunda juventud, o, juventud plena, ya tan lejana.

De nuevo las amplias ensenadas de los cielos; los blancos surcos dilatados hasta el infinito.  Un vuelo cierto, real y peligroso que siempre procuro evitar…, porque no lo controlo.  Los vuelos del pensamiento trascienden infinitamente más que estos aeronáuticos; loa vuelos de las palabras, de los ensueños sin fisuras, a cielo abierto y sin paracaídas.  No hay nada nuevo: en el regreso percibía el retorno, esa vuelta a no sé dónde que nos anuncia, impúdicamente, la sobrecogedora soledad de los cielos y, que no es otra cosa que el caos del universo en el que vivimos, el absurdo y temible desasistimiento del hombre en su viaje cósmico y sin rumbo a ninguna parte.  Pensaba en las religiones y sus distintas mitologías que las arropan; la mitología hebrea, tan rica, tan mística y tan cruel;  la mística católica, con toda su inabarcable iconografía y riqueza arquitectónica que tanta belleza ha creado y, tantos estragos históricos ha causado a las clases pobres, ignorantes y sometidas.   Pensaba en el vacío, en lo fácil que es creer y la “necesidad” de una religión, sea la que fuere, para justificar nuestras carencias de todo tipo.   Y pensaba, sobre todo, en darles cancha a los demás, sí, para no discutir, pues las discusiones estériles son poco ilustrativas y no conducen a nada…, y también, y como suele decirse, en no entrar al trapo de nada y hacerme el despistado, cosa que a veces, resulta difícil.

Pero, en todo caso, la mística auténtica, como la lírica, creo que será algo eterno que acompañará al ser humano hasta el final de los tiempos.

…Y el Mercado siempre está ahí, con sus guerras “justas” (occidentales) y sus devastaciones implacables para crear nuevos mercados después de la destrucción de culturas y países  que quieren (querrían…) ser independientes y gestionar sus riquezas.  Algo así, es (debería ser)tan comprensible…


¿Tan comprensible….?

viernes, 28 de abril de 2017

16  de Abril, 2015  (PRIMERA PARTE)
Recuerdos –y metáforas- sobre los días vividos en King-Tuen.

Días sin rostro.

Quizá haya que pasar… quizá esté uno obligado a transitar por el árido mundo en donde la vida se ausenta de pronto y, poder así configurar de nuevo el rostro perdido.

Son días sin rostro, días que duelen en el azul del cielo, días de ironías agonizantes y sarcasmos de sangre interiores.

El rostro se pierde –tal vez- porque el pensamiento, tan ordenado él, se desestabiliza, pierde pie sobre un suelo repentinamente inestable y movedizo, casi siempre en detrimento de la auténtica vida, pero,  ¿sabe usted cual puede ser la auténtica vida? (¿Sabes tú cómo, y dónde, y por qué puede haber algo así que se asemeje a una auténtica vida?).

Yo, quizá, no sé… modestamente creo saberlo.  Y esa “auténtica vida” es una vida sencilla (aparentemente), pero es una vida a la que le pido casi todo; mejor dicho: se lo pido todo.  Y ahora me estremece el pensar todo cuanto le he exigido y le exijo cotidianamente.  Ciertamente, siempre fue mucho lo que le exigí a la vida: La culminación de las pasiones hasta sus últimas consecuencias… ¡Casi nada!

Recuerdas, Wein-Li… ¿recuerdas?  Yo no lo he olvidado.  Nunca voy  a olvidarlo.
¿Recuerdas cómo transigió con nosotros la Vida cuando le pedimos desmontar las ventanas?
Luego, sí, proseguimos con las puertas hasta no dejar una sola en toda la casa.  Y la Vida seguía sin decir nada, era complaciente y discreta con nosotros.

Debido a la ausencia de puertas y ventanas podíamos escuchar por las noches el rumor del viento en el bosque cercano a nuestra pequeña ciudad.
Pero lo mejor era –cómo lo recuerdo-  nuestra ausencia de complejos por nuestra distancia con los registros vanguardistas estético-literarios y estético-pictóricos, por lo que, con tal liberación, una noche vimos por primera vez el reflejo de la luna en la tarima del suelo y, entonces nos emocionamos hasta el llanto.

Pasaron unas semanas en las que, cuando era cuarto creciente, ya veíamos como algo normal ver en la tarima de nuestro cuarto el reflejo de Selene.
Hacíamos pequeños descubrimientos sin cesar, descubrimientos tan elementales como cuando los pobladores de la prehistoria observaban algo por primera vez.
Sólo pasaron un par de lunas cuando, una noche, y antes de dormirnos, hicimos una elemental deducción: Cuando Selene se encontraba en la plenitud vertical del cielo no podíamos verla, pues el tejado, que servía para protegernos de la lluvia, del calor y del frío, resulta que tenía el defecto de impedirnos su visión.

Todo era sencillo, plácido, natural, casi obvio y, algunas veces, teníamos la sensación clarividente de que algunos instantes concretos del día eran ciertamente sagrados.